Firmado: Mi yo pasado

(Carta firmada en noviembre de 2012)

Siete meses

Tan sólo ha sido poco más de medio año, siete meses para ser exactos. Tiempo en el que se llega a experimentar emociones inalcanzadas durante 22 años. Es hora de regresar, son horas y horas de trayecto de vuelta recordando momentos, lugares, comidas, canciones y, sobre todo, personas que se quedan lejos, a cambio de reencontrarte con los “tuyos”. Tras día y medio de viaje, entre vuelos, esperas y trasbordos, llegas a la ciudad que iba cogida de tu mano, hasta que decidiste soltarla; ahora vuelves a cogerla indecisa. Tu cuerpo está ahí, junto a las maletas. La familia y los amigos se acercan, corres, y no hay palabras, tan sólo lágrimas; de nada sirvió pensar en las noches cómo iba a ser ese momento.

Pasan los días, cuentas excitada tu visión sobre cómo son las cosas allí, del lugar dónde vienes. Repites la historia una y otra y otra vez. Quien escucha, siempre atento, fija su mirada y sonríe mientras asiente con la cabeza, pero en verdad, no comprenden ni una tercera parte de lo que intentas transmitir. Tú también escuchas, quieres saber qué ha pasado durante tu ausencia. Todo sigue igual.
Pequeños detalles como dormir en la cama que te acogía cuando usabas pañales, cenar con tus padres mientras escuchas el televisor de fondo con un dejo ahora extraño, la visita inesperada de amigos, pasar la tarde jugando con los más peques de la familia… consiguen hacerte aterrizar por completo de ese avión en el que se quedó tu cabeza. Entonces, ésta reincide sobre las decisiones que pensabas mientras dormías en una cabaña de madera en mitad de la selva o recorrías a pie la Isla del Sol en Bolivia.

Temes olvidar los valores que recogiste en cada salida al mercado a por fruta o cada vez que tomabas un motocarro por las calles de Piura. Pero hay alguien que quedó en la distancia, pero ni un segundo en el olvido, que alimenta tus ganas por regresar y cumplir tus metas hace un tiempo planteadas. Objetivos intensificados por la cruda situación que describe el presente de tu país: jóvenes emigrando en busca de un empleo, familias desahuciadas porque no pueden afrontar los gastos del que fue su hogar, comedores sociales abarrotados, recortes estatales en educación y sanidad, hasta el punto de restringir el transporte escolar, prescindir de personal docente y la ausencia de medicamentos en farmacias.

Llega noviembre y empiezas a comunicar a tus más cercanos el nuevo plan de volver a aquel lugar que ha significado tanto para ti en unos cuantos meses. La mayoría se sorprende y te habla, otra vez, de delincuencia, asaltos a extranjeros, sismos, miseria… estereotipos que intentas derribar en la mente de quien te aconseja, pero sin éxito alguno. Tan sólo fue poco más de medio año, tiempo que te bastó para valorar más lo que dejas en un sitio y comprender lo pequeño que eres frente al mundo tan inmenso que queda por conocer.

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